Una mamá que no sabe orar se confiesa

Para mí nunca ha sido fácil hacer oración. Cuando era niña, al terminar cada reunión religiosa mis papás solían permanecer hincados durante unos minutos más, en los que yo me preguntaba: ¿qué tanto hacen? Eventualmente alguien me explicó que cerrar los ojos y decir: “Señor, no sé rezar” era ya una forma de hacer oración.

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Un buen día me hinqué frente al altar y lo dije. Después, le expliqué a Dios por qué no había hecho la tarea de Geografía; pedí por mis papás y, especialmente, por aquél chico que me gustaba. Antes de darme cuenta, ya había logrado unos sólidos dos minutos de oración. Paulatinamente, no sin la ayuda de valiosísimas personas, fui entendiendo este importante significado de la palabra religión, en su etimología: re-ligare,la relación con Dios. Creo que, poco a poco, fui ganando intimidad con Él conforme aprendía a orar.

La cosa es que hoy, a mis treinta y tantos, siendo una mujer casada, madre de dos hijos y con toda una nueva serie de retos personales, me siento como cuando era niña: “Señor, no sé ni qué decirte; Señor, no sé hacer oración”. Hago una pequeña oración mientras lavo trastes, antes de entrar a la oficina del doctor y a veces antes de revisar un pañal. Pero ya no puedo ir a sentarme en la iglesia un buen rato y platicarle —largo y tendido— todo lo que me pasa.

En muchas ocasiones me he imaginado a Dios molesto conmigo por no acercarme lo suficiente. Hace unos días leí en internet una frase más o menos así: “Al orar no gano nada, ¡pero pierdo mucho! Pierdo el miedo y angustia, pierdo la soledad y la tristeza, pierdo mi ira”. Al reflexionar sobre esta frase mi imagen mental sufrió un inesperado giro: ya no veía a Dios molesto por mi falta de concentración en la oración. Ahora lo veía expectante, esperándome con infinita paciencia hasta que descubriera que hacer oración no es solo algo que le hará feliz a Él —como si le hiciera un favor— sino que al hacer oración la que más gana soy yo. Lo imagino diciéndome: “¿Te sientes triste, cansada? Ora, mujer, ¡ora! Ahí está la respuesta.

Si como yo te has sentido perdida en la oración, lee estas ideas que te pueden servir:

1. Múltiples formas de comunicación con Dios

Existen infinidad de caminos para llegar a Dios, y puedes buscar el que para ti sea más accesible: oraciones vocales cuando no sabes qué decir, lectura de la Biblia, libros espirituales, admirar la naturaleza, incluso escuchar música religiosa, tradicional o moderna.

2. Busca espacios de silencio

Sé que es difícil encontrar momentos de silencio frente a las mil exigencias familiares y profesionales. Pero si pones un poco de atención, verás que los espacios están ahí: el silencio mientras ayudas a un nene a conciliar el sueño, aquellos trayectos que a diario realizas en soledad, incluso mientras cocinas o realizas labores que requieran menor concentración. No tengas miedo de ser creativa, Dios no es un interlocutor exigente; recuerda que nos está esperando en todo momento.

3. ¡No lo dejes al último!

No dejes la oración hasta altas horas de la noche, cuando estás demasiado cansada para cambiarte de ropa y caes rendida en el sillón. Asigna un momento específico del día para hacer oración, un momento en el que sepas que podrás concentrarte. Planéalo, pero si el niño decide despertar de su siesta 15 minutos antes, no te angusties: recuerda que estamos llamados a ser santos en nuestras circunstancias, en nuestra vida ordinaria.

4. Lleva un registro

Ante las distracciones que parecen atacar mi mente en cuanto me propongo hacer oración, una de las herramientas que más ha sido de ayuda es llevar un cuaderno donde escribo todo. Puedes llevarlo siempre contigo para anotar todos los aspectos que te gustaría plantearle a Dios en oración, así como las inspiraciones que recibas. Que el cuaderno sea solo para eso, para Dios y tú.

5. Aprovecha las ventajas tecnológicas

Listas de correo con lecturas bíblicas diarias, meditaciones, podcasts, incluso memes religiosos nos ayudan a tener a Dios presente. Usa los grupos de Facebook, WhatsApp, blogs, todo lo que encuentres y que para ti represente una ayuda.

6. Acércate a otros

Seguramente entre tus amigas más de una está buscando la forma de acercarse a Dios; anímate a compartirle tu inquietud, ayúdense entre ustedes. Reúnanse con matrimonios afines, involucren a sus hijos.

7. Incorpora a tu día pequeños momentos de oración

Ofrece a Dios tu día, al momento de levantarte; bendice y da gracias por los alimentos recibidos; eleva una pequeña oración por aquél amigo que pasa por una situación complicada. Un simple “Gracias, Señor, por este día tan bueno” es ya un significativo acto de adoración y gratitud.

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Orar es entrar al cielo por un momento pues estamos en presencia de Dios, nada importa en el mundo, en la historia, mientras estamos en audiencia personal con el Rey del Universo. Un Rey que se hace pequeño y me escucha cuando no puedo más con los quehaceres de casa, con el carácter de mi pequeño dictador y con mis propias debilidades. ¡De lo que se pierde aquella mamá cuando no hace oración!