La madrugada pertenece a los enamorados, a los soñadores y a los lectores

En la madrugada nuestros pensamientos vuelan como telegramas en busca de destinatarios. Es esa línea mágica entre la noche y el día donde habitan los lectores empedernidos, los soñadores melancólicos, las mentes creativas y esos amantes que entre caricias y confidencias se desnudan en ropa y en emociones…

La madrugada, como podemos ver, no es solo el territorio de los insomnes o los noctámbulos. En realidad, es un escenario especialmente evocador para nuestro cerebro. Es entonces cuando se siente libre de estímulos exteriores para conectar con espacios mucho más íntimos, libres y creativos. De hecho, incluso nuestra bioquímica cerebral se ve alentada por otros engranajes muy diferentes a los que nos rigen a lo largo del día.

“Los capítulos de la madrugada salen de tu borrador al crecer el día”
-Gonzalo Santoja-

Sabemos que el ser humano acompasa sus ciclos biológicos a través del ritmo circadiano. Estamos sincronizados por esa pequeña y fascinante estructura llamada glándula pineal que, al ser estimulada por la luz o inhibida por la oscuridad, propicia la producción de melatonina para orquestar nuestros ciclos de sueño y vigilia. Su participación en la entrada y la permanenecia en estos dos estados es bastante conocida; sin embargo, también abre la puerta a otros procesos igual de interesantes, pero menos conocidos que el de vigilia-sueño.

Son muchas las personas que llegan a la cama descansadas, pero en lugar de dormir, en lugar de rendirse al placentero refugio de la almohada, sienten cómo sus mentes se encienden y se afinan. Como radares esperando captar señales de las estrellas. Es un momento donde la lectura apetece, porque se hace más vivida, porque entre ese mar de letras y nuestra mente hay una arteria invisible que bombea con más fuerza. Lo mismo ocurre con nuestra creatividad o incluso con el amor.

Porque a esas horas en que la ciudad se apaga es cuando las emociones se encienden con más intensidad.